

Durante las dos décadas posteriores a 1990, una era dorada de la globalización neoimperial moldeó la educación superior mundial como un espacio hegemónico, dominado por el idioma inglés y las universidades angloamericanas. Las relaciones transfronterizas se fomentaban bajo una "internacionalización normativa" definida desde Occidente, con un amplio respaldo a la globalización capitalista liberal que legitimaba toda apertura y conexión, incluida la educativa. La movilidad estudiantil, la inclusión cosmopolita y la ciencia abierta eran vistas como motores para los negocios internacionales y la optimización de la innovación, consolidando al mismo tiempo el poder blando y duro angloamericano y facilitando una transferencia de capital y talento desde el Sur y Este global hacia el Norte y Oeste, en una clara continuidad con dinámicas coloniales.
En la creencia de que los cuasi-mercados neoliberales garantizarían los beneficios de la globalización, las universidades, disfrutando de una autonomía reconvertida en corporativa, competían en un espacio estructurado por rankings que perpetuaban la cúspide angloamericana. Sin embargo, este modelo dependía de que la apertura económica global siguiera beneficiando la acumulación de capital. Algo que comenzó a cambiar de forma inesperada.
El Ascenso del Resto: Una Revolución Científica y Educativa
El primer signo de cambio fue el avance político-económico de países fuera de Occidente, liderado por China, pero incluyendo a India, Corea del Sur, Brasil y otros. En términos de paridad de poder adquisitivo, la economía china superó a la estadounidense en 2016. La producción científica fuera de Occidente despegó. Entre 2003 y 2022, el número de publicaciones de autores chinos se multiplicó por diez, alcanzando los 898.949 en 2022, el doble que EE.UU. India superó a Reino Unido, Alemania y Japón. Países como Irán, Turquía, Brasil y Corea del Sur mostraron un crecimiento anual extraordinario. Para 2022, China albergaba nueve de las catorce mejores universidades del mundo según artículos altamente citados, liderando abrumadoramente en ciencias físicas e ingeniería. La ciencia se había globalizado en capacidad, desafiando el orden del conocimiento neoimperial, aunque aún confinada mayoritariamente al inglés.
A partir de mediados de la década de 2010, el espacio global unipolar comenzó a fracturarse. La globalización normativa dio paso a un cierre parcial, impulsado por un reverso geopolítico estadounidense y una revuelta nativista contra el cosmopolitismo y la migración. Los gobiernos nacionales mostraron una nueva disposición a intervenir en la educación superior y la ciencia autónomas, renormando los asuntos globales como asuntos nacionales.
La administración Trump inició en 2018 un giro bipartidista continuado por Biden, con aranceles y la controvertida "Iniciativa China", que criminalizó colaboraciones académicas y ahondó la desconfianza. El argumento era que China se había beneficiado más del entorno abierto, por lo que el desacople era necesario para los intereses de EE.UU. Esta estrategia buscaba reestructurar el espacio global de forma binaria, reviviendo una espacialidad de Guerra Fría. El temor occidental a la multipolaridad, que erosiona siglos de supremacía blanca jerárquica, alimenta esta ansiedad.
Paralelamente, la explosiva oposición populista a la migración ha cementado la desglobalización. Los gobiernos centristas, para sobrevivir, han endurecido las políticas migratorias. El blanco más fácil: los estudiantes internacionales. Desde el Brexit, que sacó al Reino Unido de Erasmus, hasta las severas restricciones anunciadas en Canadá, Australia y Reino Unido, la movilidad estudiantil está bajo asedio sin precedentes. Conflictos geopolíticos directos –la guerra en Ucrania, las tensiones en el Estrecho de Taiwán, la devastación en Palestina– han vaciado espacios académicos compartidos y aislado a comunidades científicas, fragmentando aún más el mapa global.
Universidades como Agentes Nacionales: Devaluación y Revaloración
Estos cambios señalan una tendencia clara: los estados están redefiniendo a las universidades primordialmente como agentes nacionales, ya sea como herramientas de competitividad geopolítica o como factores de riesgo a gestionar. Nick Turnbull y colegas identifican una nueva política que va "más allá del neoliberalismo", combinando "desvalorizaciones" (ataques populistas por "elitistas" y "liberales") y "revalorizaciones" (gobiernos que ya no confían en los cuasi-mercados para producir empleabilidad y que ven la movilidad estudiantil como un problema migratorio). En ambos casos, los argumentos norman a las universidades en términos exclusivamente nacionales, ignorando o instrumentalizando sus compromisos internacionales. La misión doble de la educación superior –arraigada en lo local pero con horizonte mental universal– se ve así comprometida.
La nueva espacialidad global/nacional esta caracterizada por gobiernos que imponen con más fuerza una identidad nacional de escala única; el desvanecimiento de las viejas estrategias occidentales de globalización inclusiva bajo su hegemonía, primando el hard power y la seguridad y el espacio global sigue activo, especialmente en la ciencia, mostrando que la construcción positiva de un espacio compartido no está agotada. El desafío es que la multipolaridad educativa aún no ha creado un orden post-hegemónico estable donde la movilidad esté protegida y la diversidad cultural sea un factor positivo, no un problema. Lo que se necesita es una diversidad mutuamente respetuosa.
Lograrlo requiere que las universidades que hoy prosperan en Asia Oriental y Europa Occidental –y que son intrínsecamente multiescalares– se comprometan más entre sí, evitando el vórtice de una geopolítica global binaria. Es crucial que las universidades chinas, en particular, lo hagan.
Para ello, hay que desmantelar parte del andamiaje del orden hegemónico: las revistas monolingües, los rankings globales basados en moldes angloamericanos. La pluralización de la capacidad global brinda los recursos políticos para ese desmontaje. La multipolaridad crea las condiciones para que países y universidades del Sur y Este global asuman un liderazgo compartido e iniciativas en la configuración del espacio educativo mundial.
El periodo 1990-2015 demostró que la educación superior global puede construirse como una zona hegemónica. Pero nunca fue la única posibilidad. El futuro, aunque incierto y turbulento, está abierto a una reimaginación más justa, diversa y verdaderamente colaborativa. El camino hacia allí dependerá de la capacidad de los nuevos agentes para trascender sus fronteras nacionales y tejer, desde la multipolaridad, un nuevo consenso global.


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