
Punya Mishra, el “gurú” que llegó a San Luis para advertir que la inteligencia artificial no puede reemplazar lo humano
¿Qué significa educar cuando una máquina puede escribir un ensayo, resolver un problema matemático, producir imágenes, resumir un libro y responder en segundos preguntas que antes exigían horas de búsqueda? ¿Qué lugar les queda a los docentes cuando las nuevas tecnologías parecen capaces de realizar una parte creciente de las tareas escolares? Y, sobre todo, ¿quién está decidiendo cómo será la educación del futuro: los educadores, las comunidades o las empresas que desarrollan sistemas de inteligencia artificial?
Estas preguntas atravesaron la intervención de Punya Mishra, uno de los referentes internacionales de la investigación sobre tecnología educativa, quien participó el sábado 17 de octubre del Congreso Internacional de Educación realizado en el Centro de Convenciones de La Punta, en San Luis. Profesor de la Universidad Estatal de Arizona, investigador asociado a la Brookings Institution y codesarrollador del marco TPACK, Mishra llegó con una advertencia que merece ser escuchada más allá del entusiasmo por las novedades tecnológicas: la innovación educativa no puede quedar subordinada a las posibilidades de las máquinas ni a los intereses comerciales de quienes las producen. Su exposición, centrada en la relación entre inteligencia artificial, creatividad y aprendizaje, propuso recuperar una pregunta elemental que muchas veces queda desplazada por la urgencia de incorporar herramientas: ¿para qué educamos?

“Debemos aferrarnos a aquello que nos hace únicos”
Una de las expresiones más significativas de Mishra durante su paso por San Luis fue una invitación a reconocer aquello que distingue a las personas de los sistemas artificiales: “Debemos aferrarnos a aquello que nos hace únicos y nos diferencia de la IA”.
El investigador destacó la importancia de las emociones, la interacción y las experiencias compartidas en los procesos educativos. “Lo que nos hace únicos es que podemos jugar, reír, divertirnos, sufrir, sentir dolor, que vivimos en este mundo”, explicó en declaraciones recogidas por la Agencia de Noticias San Luis. La afirmación no debe interpretarse como una negación de las capacidades tecnológicas. Por el contrario, Mishra reconoce que la inteligencia artificial puede realizar contribuciones importantes a la educación. Su preocupación apunta a evitar que la eficiencia de las herramientas termine desplazando aquello que otorga sentido a la experiencia educativa: la relación entre personas, la curiosidad por conocer, la posibilidad de equivocarse, el intercambio de ideas y la construcción de significados.
En una sociedad que suele medir el progreso por la velocidad, la automatización y la productividad, su planteo introduce una dimensión diferente. La educación no consiste únicamente en transmitir información ni en obtener respuestas correctas. También supone formar personas capaces de comprender el mundo, convivir con otros, expresar sus ideas y construir criterios propios. Una inteligencia artificial puede generar una explicación sobre la tristeza, la amistad o la justicia. Pero la experiencia humana de esas realidades, su elaboración crítica y su discusión colectiva pertenecen a otro plano. La escuela debe ayudar a los estudiantes a comprender esa diferencia, no ocultarla detrás de una fascinación acrítica por la tecnología.
La advertencia sobre las empresas tecnológicas
Mishra planteó una de las críticas más fuertes de su intervención al cuestionar quién conduce actualmente buena parte de las discusiones sobre inteligencia artificial en educación. “Estoy preocupado porque buena parte de la discusión en torno a la IA, cómo puede funcionar, qué puede hacer, para qué debe usarse y para qué no, está siendo determinada por compañías que apuntan a una ganancia económica, no al crecimiento y desarrollo del ser humano”, afirmó. Y agregó una convocatoria dirigida a los educadores: “Los educadores debemos unirnos para expresar nuestras opiniones, valores y compromisos en este asunto”. La declaración introduce una dimensión política y económica en un debate que suele presentarse como exclusivamente técnico. Las plataformas digitales no son herramientas neutrales en todos sus efectos: tienen modelos de negocio, objetivos comerciales y decisiones de diseño que influyen en las formas de acceder a la información, interactuar y aprender.
Cuando una escuela incorpora una plataforma, también debe preguntarse qué datos recopila, qué condiciones de privacidad establece, qué criterios utiliza para ofrecer sus respuestas y qué intereses orientan su funcionamiento. La discusión no debería limitarse a establecer si una aplicación resulta práctica o atractiva. Mishra advirtió, además, que muchas de estas tecnologías se están incorporando mientras sus efectos educativos de largo plazo todavía se encuentran bajo estudio. En su intervención sostuvo que, en la investigación que mencionó sobre los beneficios y riesgos de la IA en educación, los riesgos aparecían como más significativos que las ventajas. Esta apreciación debe entenderse como una advertencia vinculada a esa investigación y no como una conclusión universal sobre todas las herramientas de inteligencia artificial. Su relevancia está en recordar que la expansión comercial de una tecnología no equivale a demostrar su eficacia pedagógica. Las escuelas necesitan evidencia, evaluación y capacidad de decisión propia. No deberían convertirse en espacios donde las innovaciones se adoptan únicamente porque están disponibles en el mercado.
Dejar de pensar la IA como una máquina de hacer trampa
El especialista también cuestionó una interpretación bastante extendida de la inteligencia artificial en las aulas: considerarla fundamentalmente un mecanismo para copiar, evitar el esfuerzo o entregar tareas sin pensar. “Tendríamos que dejar de pensar a la IA simplemente como un Chatbot, puede ser mucho más que eso”, sostuvo. Y planteó una pregunta provocadora: “¿Por qué lo pensamos más como un método para la trampa, para hacer la tarea sin pensar, y no como una herramienta para el aprendizaje?”. Mishra señaló que estas tecnologías pueden utilizarse para construir sitios web, desarrollar simulaciones y explorar experimentos científicos o matemáticos. El potencial educativo aparece cuando la herramienta permite investigar, probar alternativas, formular hipótesis y producir conocimientos, en lugar de limitarse a entregar una respuesta terminada.
La diferencia es decisiva para el trabajo docente. No es lo mismo pedirle a un estudiante que redacte una monografía y recibir un texto generado automáticamente que proponerle investigar un problema, contrastar fuentes, formular preguntas, utilizar la IA para explorar distintas explicaciones y defender oralmente las conclusiones alcanzadas. En el segundo caso, la tecnología puede convertirse en parte de una experiencia de aprendizaje. El estudiante necesita interpretar información, reconocer errores, justificar decisiones y asumir responsabilidad por lo que presenta. La evaluación también debe acompañar este cambio. En lugar de depender exclusivamente de un producto escrito que puede haber sido elaborado por una máquina, el docente puede recuperar los borradores, las preguntas iniciales, las decisiones tomadas, las conversaciones de aula y la capacidad de explicar el proceso realizado. El desafío consiste en construir situaciones pedagógicas en las que pensar sea indispensable.
Curiosidad, comunicación, construcción y expresión
Para fundamentar su propuesta, Mishra recuperó ideas del filósofo y pedagogo estadounidense John Dewey. Según explicó, existen cuatro impulsos humanos que pueden orientar las experiencias educativas: descubrir mediante la curiosidad, comunicarse, construir cosas y expresar pensamientos y emociones. Estos impulsos ofrecen una perspectiva fértil para pensar la enseñanza en tiempos de inteligencia artificial. En lugar de organizar todas las actividades alrededor de la reproducción de información, las escuelas pueden diseñar experiencias en las que los alumnos investiguen preguntas relevantes, intercambien interpretaciones, produzcan objetos o proyectos y comuniquen sus descubrimientos.
Una clase de ciencias, por ejemplo, puede utilizar herramientas de IA para formular hipótesis y comparar explicaciones, pero necesita conservar la experimentación, la observación y la discusión de resultados. En literatura, los estudiantes pueden contrastar interpretaciones de una obra, explorar diferentes finales o discutir la construcción de los personajes, sin renunciar a la lectura directa ni a la elaboración de una voz propia. En educación artística, la tecnología puede ampliar los recursos expresivos, siempre que las decisiones creativas y la reflexión sobre las imágenes sigan formando parte de la experiencia. La propuesta de Mishra no es incorporar inteligencia artificial a todas las actividades. Es identificar qué experiencias favorecen el aprendizaje y decidir cuándo la tecnología puede enriquecerlas.
El punto de partida es pedagógico, no tecnológico.
“Un gran docente va a seguir siendo bueno con tecnología, libros o lo que sea”
Quizá la expresión más cercana a la realidad cotidiana de las escuelas fue la que Mishra dirigió a los propios educadores: “Un gran docente va a seguir siendo bueno con tecnología, libros o lo que sea, porque entiende su objetivo y sabe cumplirlo”. La frase desplaza la atención desde los dispositivos hacia el conocimiento profesional de quienes enseñan. Un buen docente no se define por la cantidad de aplicaciones que maneja, sino por su capacidad para comprender a sus estudiantes, seleccionar contenidos, diseñar propuestas, formular preguntas y acompañar los procesos de aprendizaje. Mishra recomendó que los educadores no se sientan presionados a incorporar tecnología en todas las actividades. La decisión debe depender de su utilidad concreta: “Si la tecnología me permite optimizar o mejorar mi trabajo para que mi alumno aprenda más, mejor. Pero el propósito de base, que es enseñarle al estudiante, es la única prioridad”.
También defendió la experimentación. Invitó a probar usos diferentes, observar qué sucede y aprender de los resultados, sin temor a que una propuesta no funcione en el primer intento. Su recomendación fue que los docentes conozcan sus aulas, avancen a sus propios ritmos y confíen en el conocimiento que tienen de sus estudiantes. Este planteo resulta especialmente relevante en sistemas educativos donde las reformas, las plataformas y las capacitaciones suelen llegar con tiempos y exigencias definidos desde otros niveles de decisión. La innovación necesita orientaciones generales, pero también autonomía profesional para interpretar las condiciones concretas de cada institución.
Una escuela rural, una secundaria urbana y una institución de educación de adultos no necesariamente necesitan las mismas herramientas ni las mismas estrategias. La calidad de una política tecnológica debe medirse, entre otras cosas, por su capacidad para responder a esas diferencias.
San Luis frente al desafío de convertir el congreso en experiencia escolar
La participación de Mishra formó parte del Congreso Internacional de Educación “San Luis, cuna de maestros”, organizado por el Gobierno provincial, a través del Ministerio de Educación, con el apoyo de la Fundación Varkey. El encuentro se desarrolló los días 16 y 17 de octubre y reunió a especialistas y educadores para debatir sobre inteligencia artificial, enseñanza, liderazgo escolar y el sentido de educar.
La presencia de referentes internacionales abre oportunidades para conocer investigaciones, contrastar experiencias y revisar prácticas. Sin embargo, el verdadero alcance de un congreso no se mide solamente por la trayectoria de sus invitados ni por la cantidad de participantes. Su importancia depende también de lo que ocurre después, cuando las ideas deben traducirse en decisiones institucionales y experiencias concretas en las aulas. En el caso de San Luis, la pregunta es cómo transformar las reflexiones compartidas en políticas sostenidas de formación docente, acompañamiento pedagógico y evaluación de los aprendizajes. También será necesario discutir las condiciones materiales de las escuelas, el acceso equitativo a los recursos, la protección de los datos personales y la disponibilidad de tiempo para que los docentes puedan planificar, experimentar y evaluar nuevas propuestas.
La inteligencia artificial puede ayudar a preparar materiales, ofrecer alternativas para explicar un contenido y facilitar determinadas tareas. Pero su incorporación no resuelve automáticamente los problemas de comprensión lectora, las dificultades en matemática, las desigualdades sociales ni los obstáculos que atraviesan las trayectorias escolares. La tecnología puede formar parte de la respuesta, pero no debe confundirse con la respuesta completa.
La educación que viene necesita más pensamiento, no menos
La intervención de Punya Mishra dejó una invitación a desconfiar de las soluciones mágicas. En una época en la que las máquinas producen textos, imágenes y respuestas con una facilidad creciente, la escuela necesita reforzar las capacidades que permiten comprender, cuestionar y transformar el mundo. Eso implica enseñar a formular preguntas, distinguir información confiable de información falsa, argumentar, crear, cooperar y reconocer las consecuencias de las decisiones. Implica, además, sostener el vínculo pedagógico como una relación humana en la que el docente no es un simple distribuidor de contenidos ni el estudiante un usuario de plataformas. El investigador no propuso volver a una escuela ajena a los cambios tecnológicos. Su planteo fue más exigente: aprovechar las posibilidades de la inteligencia artificial sin entregar a las máquinas ni a las empresas que las desarrollan la definición de los fines educativos.
La cuestión es particularmente importante para la educación pública. Si la incorporación de estas herramientas se realiza sin criterios pedagógicos, sin evaluación y sin políticas de equidad, puede profundizar las diferencias existentes. Si, en cambio, se integra a experiencias de aprendizaje significativas, con docentes preparados y estudiantes protagonistas, puede ampliar las oportunidades de conocer y crear.
La visita de Mishra a San Luis deja, así, una pregunta que debería acompañar las discusiones educativas mucho después de terminado el congreso: ¿queremos escuelas que enseñen a utilizar herramientas cada vez más poderosas o escuelas que formen personas capaces de comprenderlas, cuestionarlas y decidir para qué utilizarlas? La respuesta no puede quedar en manos de la tecnología. Como recordó el especialista, el propósito fundamental sigue siendo enseñar para que los estudiantes aprendan. Todo lo demás —las plataformas, los dispositivos y la inteligencia artificial— debe demostrar que contribuye a ese objetivo.



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