Lacunza cuestionó los créditos en dólares para empresas: "no cometamos los mismos errores"

Actualidad16/08/2026

El exministro de Hacienda Hernán Lacunza cuestionó la decisión del Gobierno argentino de flexibilizar el acceso al crédito en dólares para empresas que no generan ingresos en esa moneda. Su advertencia remite a una de las lecciones más costosas de la historia económica argentina: endeudarse en dólares mientras se factura en pesos puede funcionar durante la estabilidad, pero convertirse en una trampa cuando cambia el tipo de cambio.

La nueva regulación permite que los bancos presten a compañías no exportadoras hasta el equivalente al 15% de sus depósitos en dólares, sobre un total cercano a los US$5.800 millones. La medida busca movilizar fondos que permanecen fuera del circuito productivo y ampliar el financiamiento empresarial.  "Ya hicimos eso a fines de los noventa y terminamos con la pesificación asimétrica", sostuvo Lacunza en diálogo con Futurock. En lugar de recurrir al financiamiento en moneda extranjera, propuso desarrollar el mercado doméstico: "Generemos un mercado de crédito en moneda local para el que recauda pesos". "Un día sube el dólar porque alguien hizo mal los números y no lo pueden devolver, y entonces tenemos el 2001", advirtió. Y agregó: "No tomemos atajos".

Hernán_Lacunza_(cropped)
Hernán Lacunza Wikipedia

El problema del descalce de monedas

El riesgo señalado por Lacunza se conoce como descalce de monedas. Aparece cuando una empresa contrae una deuda en dólares, pero obtiene sus ingresos principalmente en pesos.

Supongamos que una empresa toma un préstamo de US$1 millón cuando el dólar cotiza a 1.000 pesos. La deuda equivale entonces a 1.000 millones de pesos. Si el tipo de cambio aumenta a 1.500 pesos y la facturación de la compañía no acompaña esa suba, el valor de su deuda pasa a 1.500 millones de pesos: crece 50% medido en moneda local, aunque el capital adeudado en dólares no haya cambiado.

Deuda en pesos=Deuda en doˊlares×tipo de cambio

El impacto no es igual para todas las empresas. Una exportadora que cobra en dólares dispone de una cobertura natural, porque sus ingresos y sus obligaciones están denominados en la misma moneda. Una cadena de supermercados, una clínica, una constructora de viviendas o una pyme que vende exclusivamente en el mercado interno, en cambio, puede quedar expuesta a una devaluación sin contar con ingresos equivalentes para absorberla.

Tipo de empresaIngresos principalesRiesgo cambiario
Exportadora de granosDólaresRelativamente bajo
Petrolera exportadoraDólaresRelativamente bajo
Comercio minoristaPesosAlto
Clínica privadaPesosAlto
Pyme orientada al mercado internoPesosAlto

La tasa de interés en dólares puede parecer menor que la correspondiente a un préstamo en pesos. Sin embargo, esa comparación es incompleta si no incorpora la eventual depreciación del peso. El costo efectivo aproximado de una deuda en dólares depende tanto de su tasa como de la variación cambiaria:

1+iefectivo en pesos=(1+idoˊlares)(1+Δe)

Si el crédito cobra un interés anual de 8% y el dólar aumenta 40%, el costo medido en pesos no es 48%, sino aproximadamente 51,2%.

La experiencia argentina

La referencia de Lacunza apunta a la convertibilidad, vigente entre 1991 y comienzos de 2002. La paridad fija de un peso por dólar redujo la percepción de riesgo cambiario y alentó contratos, depósitos y préstamos en moneda estadounidense. Mientras el régimen se sostuvo, muchas empresas y familias trataron ambas monedas como equivalentes. La crisis de 2001 y 2002 desarmó esa equivalencia. El abandono de la convertibilidad produjo una fuerte devaluación y volvió impagables numerosas deudas originalmente pactadas en dólares. El Estado respondió mediante la pesificación asimétrica: depósitos y créditos fueron convertidos a pesos utilizando relaciones diferentes, lo que redistribuyó pérdidas entre bancos, deudores, ahorristas y el sector público.

El episodio ilustra el punto central del exministro: el riesgo puede permanecer oculto durante años y aparecer de manera abrupta cuando se modifica el régimen cambiario. No significa que todo préstamo en dólares provoque una crisis, sino que la acumulación de deudas sin cobertura puede amplificarla. La Argentina presenta, además, antecedentes persistentes de depreciación de su moneda, inflación elevada y cambios regulatorios. La inflación promedió 64% anual durante la década terminada en 2024, mientras que el peso perdió valor de manera continua frente al dólar y sufrió una devaluación superior al 50% al comienzo del gobierno de Javier Milei.

Evidencia de otros países

El problema no es exclusivamente argentino. Varias crisis internacionales muestran que la combinación de deuda en moneda extranjera e ingresos en moneda local puede agravar los efectos de una devaluación.

Asia oriental

Antes de la crisis financiera asiática de 1997, bancos y empresas de Tailandia, Indonesia y Corea del Sur acumularon obligaciones de corto plazo denominadas en dólares. Cuando cayeron sus monedas, el valor local de esas deudas aumentó rápidamente. Los problemas de liquidez se convirtieron en crisis de solvencia, con cierres de empresas, recesión y rescates bancarios.

Hungría y Europa oriental

Durante los años previos a la crisis de 2008, numerosos hogares húngaros contrataron hipotecas en francos suizos y euros porque ofrecían tasas menores que los créditos en moneda local. Cuando el forinto se depreció frente al franco suizo, las cuotas aumentaron en moneda nacional. El problema obligó al gobierno a intervenir y dejó una pesada carga sobre familias y bancos.

Islandia

Los bancos islandeses se expandieron mediante deudas en monedas extranjeras antes de 2008. Cuando se cerró el financiamiento internacional y cayó la corona, sus obligaciones externas superaron ampliamente la capacidad de respaldo de la economía local. La crisis terminó con el colapso del sistema bancario y controles de capital.

Turquía

Durante distintos períodos, empresas turcas aprovecharon las tasas internacionales para financiarse en dólares y euros. La depreciación de la lira incrementó el peso de esas obligaciones sobre balances cuyos ingresos estaban denominados principalmente en moneda local. El resultado fue una reducción de inversiones, refinanciaciones costosas y mayor fragilidad corporativa.

Estos casos comparten un mecanismo, aunque sus contextos son diferentes del caso argentino:

  1. El crédito externo parece barato mientras el tipo de cambio permanece estable.
  2. Aumenta el endeudamiento en moneda extranjera, incluso entre actores sin cobertura.
  3. Una devaluación eleva la deuda medida en moneda local.
  4. Suben la morosidad y las pérdidas bancarias.
  5. El problema privado puede trasladarse al Estado mediante rescates, garantías o reestructuraciones.

Los argumentos a favor de la flexibilización

La medida oficial también tiene fundamentos económicos. La Argentina posee una importante cantidad de depósitos privados en dólares, pero las restricciones posteriores a 2001 limitaron su canalización hacia el crédito. Permitir que una parte llegue a las empresas podría reducir el costo financiero y estimular la inversión.

Entre los posibles beneficios aparecen:

  • Más crédito productivo, en un país donde el financiamiento bancario al sector privado es reducido.
  • Menores tasas nominales, especialmente para empresas con balances sólidos.
  • Movilización de depósitos en dólares que de otro modo permanecerían inmovilizados.
  • Financiamiento de bienes vinculados al comercio exterior, incluso cuando la empresa no sea exportadora directa.
  • Mayor competencia bancaria y diversificación de instrumentos.

Sin embargo,  no es equivalente financiar una máquina importada que mejora la productividad de una firma con capacidad de ajustar precios que cubrir gastos corrientes de una empresa vulnerable. Tampoco es igual prestar a una compañía con contratos dolarizados que a otra cuyos ingresos dependen de consumidores de bajos recursos. Las herramientas prudenciales pueden reducir el riesgo: límites de exposición, mayores requisitos de capital, pruebas de estrés ante devaluaciones, plazos compatibles con el proyecto financiado y evaluación de la capacidad de repago bajo escenarios adversos.

"La macro no está bien" si solo baja la inflación

Lacunza también cuestionó la forma en que el Gobierno evalúa su programa económico. A su juicio, la estabilidad de precios es necesaria, pero no suficiente para afirmar que la macroeconomía está ordenada. "La otra parte es que haya empleo, inversión, crecimiento y acumulación de reservas", planteó. El argumento introduce una distinción entre estabilización nominal y desarrollo económico. Un programa puede desacelerar la inflación y alcanzar equilibrio fiscal, pero seguir mostrando debilidad productiva, falta de crédito, salarios rezagados o escasa generación de empleo.

DimensiónIndicador relevante
Estabilidad nominalInflación y expectativas
Solidez fiscalResultado primario y deuda pública
Solidez externaReservas, exportaciones y cuenta corriente
ActividadPIB, industria y construcción
TrabajoEmpleo, desempleo y salarios reales
DesarrolloInversión, productividad y capital humano

La evidencia disponible presenta un escenario mixto. Luego de crecer algo más de 2% interanual durante el primer trimestre de 2026, la actividad económica se desaceleró hacia una expansión cercana al 1% en abril y mayo, afectada por una menor contribución del agro y la pesca. 

Al mismo tiempo, las perspectivas de mediano plazo conservan elementos positivos. La OCDE proyecta un crecimiento real de 2,8% para 2026 y 3,5% para 2027, impulsado principalmente por las exportaciones de energía, minería y productos agropecuarios. La cuestión es si ese crecimiento exportador se traducirá en inversión, empleo formal y mejoras generalizadas de los ingresos. El Banco Mundial identifica tres condiciones para sostener una expansión de largo plazo: mejorar la política fiscal, abrir mercados e invertir en capital humano.

Detrás del debate técnico aparece una pregunta política: ¿Quién absorbe las pérdidas si el peso vuelve a devaluarse con fuerza? En principio, el riesgo corresponde al banco y a la empresa que celebran el contrato. Sin embargo, las crisis argentinas muestran que, cuando las pérdidas amenazan al sistema financiero, suelen aparecer presiones para que intervenga el Estado.

La flexibilización puede ampliar el crédito sin desembocar necesariamente en otro 2001. Pero para eso debe evitarse que el incentivo de corto plazo -obtener una tasa menor- eclipse la capacidad real de pago bajo un escenario adverso.

La advertencia de Lacunza no supone rechazar todo financiamiento en dólares. Su planteo es que la moneda del crédito debería guardar relación con la moneda de los ingresos. Para quienes exportan o generan divisas, endeudarse en dólares puede ser razonable. Para quienes venden y cobran en pesos, un mercado de crédito profundo en moneda local constituye una opción más segura. Ese es, precisamente, uno de los desafíos estructurales de la economía argentina: construir una moneda que también pueda funcionar como unidad de ahorro y de crédito de largo plazo. Mientras eso no ocurra, la tentación de buscar dólares baratos seguirá conviviendo con el riesgo de repetir crisis conocidas.

Te puede interesar