
Día del Zapatero: el oficio que transforma el cuero en identidad, trabajo y memoria
Este 13 de septiembre se celebra en Argentina el Día del Zapatero o Día del Trabajador del Calzado, una jornada destinada a reconocer a quienes, desde los talleres y las fábricas, convierten materiales, herramientas y conocimientos técnicos en objetos esenciales de la vida cotidiana. La fecha fue establecida en el marco del Convenio Colectivo de Trabajo de la actividad, impulsado por la Federación Argentina de la Industria del Calzado y Afines (FAICA) y la Unión de Trabajadores de la Industria del Calzado de la República Argentina (UTICRA).
Más allá de su dimensión laboral, el oficio de zapatero representa una forma de conocimiento construido con las manos. Medir, cortar, aparar, coser, trabajar el cuero, ensamblar piezas y ajustar una horma son acciones que requieren experiencia, paciencia y atención al detalle. En cada par de zapatos se articulan saberes técnicos, decisiones estéticas y una relación particular con los materiales.
Una historia vinculada al trabajo y la tradición
La celebración también se relaciona con la tradición de San Crispín y San Crispiniano, considerados patronos de los zapateros. Según el relato religioso, ambos hermanos, provenientes de una familia noble romana, se dedicaban a predicar el cristianismo durante el día y trabajaban como zapateros por la noche para sostenerse. Aunque la festividad religiosa de estos santos se ubica el 25 de octubre, su figura permanece estrechamente asociada al gremio del calzado. En Argentina, el 13 de septiembre adquirió una significación específica como fecha de reconocimiento a los trabajadores de la actividad. De este modo, la efeméride permite recuperar tanto la dimensión histórica del oficio como su importancia dentro de la producción nacional.
Felipe Salvador: una marca que reivindica el saber hacer
Una historia empresarial permite observar cómo la tradición zapatera puede convertirse también en una propuesta contemporánea. En su sitio institucional, Felipe Salvador presenta su origen como un proyecto inspirado en la figura de su fundador y en la memoria familiar. El relato sitúa sus comienzos en el verano de 1952, cuando Felipe Salvador, con quince años, comenzaba a trabajar con capelladas de cuero, hormas y plantillas.
La marca sostiene que su propuesta se apoya en una larga tradición de diseño y fabricación de calzado. Su fábrica, ubicada en la ciudad de Córdoba, combina procesos artesanales con maquinaria de última generación. Según la información institucional, allí se producen zapatos de cuero cosidos sobre suelas de distintos materiales, preservando el conocimiento técnico propio del oficio zapatero. La empresa argentina destaca, además, que la calidad no depende únicamente de aquello que se observa a simple vista. Los hilos, los forros, los contrafuertes de cuero, el aparado de cada pieza y los acabados forman parte de un proceso minucioso. La fabricación aparece así como una suma de decisiones y operaciones que requieren precisión, experiencia y control permanente.
“La artesanía es la esencia, donde radica nuestra modernidad”, sostiene Felipe Salvador en la presentación de su fábrica.
La frase resume una idea significativa para el presente: la artesanía no necesariamente se opone a la innovación tecnológica. Por el contrario, puede dialogar con ella y encontrar nuevas posibilidades de desarrollo.

El valor de un oficio que se renueva
En un contexto marcado por la producción industrial, la automatización y el consumo acelerado, el trabajo del zapatero conserva una dimensión que excede la fabricación de un producto. El oficio reúne conocimientos que se transmiten, se perfeccionan y se adaptan a nuevas demandas y también expresa una relación con el tiempo: la elaboración cuidadosa, la reparación, la elección de materiales y la búsqueda de durabilidad se contraponen a la lógica de usar y descartar.
La industria del calzado, por otra parte, articula múltiples tareas y especialidades, ya que detrás de un producto terminado intervienen diseñadores, modelistas, cortadores, aparadores, costureros, montadores, terminadores y otros trabajadores. Reconocer al zapatero supone, en ese sentido, valorar una cadena de saberes y esfuerzos que muchas veces permanece invisible para quien utiliza el calzado.
La experiencia de Felipe Salvador muestra, además, cómo la memoria familiar puede convertirse en una fuente de identidad productiva. La evocación de un padre, de una primera herramienta o de un taller no funciona solamente como una referencia sentimental: también permite explicar una concepción del trabajo basada en el conocimiento, la dedicación y la continuidad.
Una fecha para reconocer el trabajo
El Día del Zapatero invita a mirar de otro modo un objeto cotidiano. Un par de zapatos no es solamente un elemento de vestimenta: puede contener horas de trabajo, decisiones de diseño, técnicas aprendidas y una historia productiva. En cada costura y en cada acabado se expresa una parte de ese saber hacer. Celebrar esta jornada significa reconocer a quienes sostienen un oficio tradicional y, al mismo tiempo, contribuyen a su transformación. Entre la herencia artesanal y las herramientas contemporáneas, el trabajo del zapatero continúa demostrando que la innovación también puede construirse desde la experiencia, la precisión y las manos.


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