
—Sergio, tu libro se llama «La Urgencia Creativa. La Escuela-Red: Una Pedagogía de la Conexión y el Diálogo». ¿Por qué «urgencia»? ¿Qué es lo que no puede esperar?
Lo que no puede esperar son los jóvenes que hoy están sentados en aulas diseñadas para un mundo que ya no existe. La escuela secundaria sigue funcionando con una lógica del siglo XIX: transmisiva, rígida, desconectada del universo digital en el que los estudiantes viven. Esa fractura no es solo pedagógica, es ética. Cada año que pasa sin transformación real es un año de aprendizajes pobres, desmotivación y abandono. Por eso hablo de urgencia: no como alarma paralizante, sino como llamado a la acción creativa. La creatividad no es un lujo, es el oxígeno del aprendizaje verdadero.

—¿Cómo definirías en pocas palabras el concepto central del libro: la «escuela-red»?
La escuela-red es una metáfora y un modelo. Es pasar de concebir la escuela como un contenedor cerrado —donde el saber llega desde arriba y circula en una sola dirección— a pensarla como un nodo dinámico dentro de un ecosistema más amplio. Una escuela que funciona como interfaz: mediadora entre saberes académicos, comunitarios y digitales. Y como inter-texto: un tejido vivo de significados en diálogo constante. No se trata de poner más pantallas en las aulas, sino de cambiar la arquitectura de las relaciones y del aprendizaje.
—¿Hubo algún momento o experiencia que fue el germen de todo esto?
Sí, hay una imagen que llevo conmigo desde 1997: la visita a una escuela danesa donde vi en acción una pedagogía circular y dialógica. Los estudiantes no miraban al frente esperando que el docente depositara conocimiento. Conversaban, construían, se interpelaban. Eso sembró en mí una pregunta que tardó décadas en convertirse en libro: ¿por qué lo que es posible allá parece imposible acá? Después vinieron años de investigación y de práctica ya que soy docente, además escribí algunos trabajos previos desde 2013... Pero ese viaje fue la chispa. aunque hubo otras.

—Mencionás al docente como «arquitecto de interfaces» y al estudiante como «co-constructor de conocimiento». ¿Cómo se traduce eso en el aula concreta de la Argentina de hoy?
Con mucha honestidad y mucho trabajo colectivo aporto este grano de arena. El docente es un coordinador de las acciones grupales, el arquitecto de interfaces no abandona su rol de guía, sino que lo transforma: en lugar de transmitir contenidos, diseña situaciones de aprendizaje donde la conversación es el principio estructurante. Usa la tecnología no como adorno sino como infraestructura que expande y registra ese diálogo. Y el estudiante que co-construye no es un consumidor pasivo: investiga, debate, produce. Hay experiencias concretas en Argentina que apuntan en esta dirección. El libro recorre algunas de ellas y propone hojas de ruta para escalar ese cambio.
—¿A quién va dirigido este libro? ¿Es solo para especialistas?
No, y eso fue una decisión deliberada. El núcleo del libro dialoga con académicos, investigadores y diseñadores de políticas educativas. Pero el tono y el estilo buscan llegar también a docentes y directivos que están en el frente de batalla todos los días, a estudiantes de posgrado que quieren entender el sistema que heredan, a padres y madres que intuyen que algo no funciona. Uso marcos teóricos rigurosos —Freire, Scolari, Livingstone, Elliott, entre otros— pero evito el la jerga educativa innecesaria. Quiero que el libro sea un puente, no un muro. Hay que transformar sustancialmente la escuela secundaria argentina.
—¿Qué lugar ocupa Argentina y América Latina en tu análisis?
Un lugar central y honesto. No escribo desde una perspectiva universalista abstracta. Escribo desde y para este territorio, con sus contradicciones, sus desigualdades profundas y también su potencial transformador enorme. Soy argentino y latinoamericano y adempas curioso de las experiencias educativas mundiales. El libro analiza el ordenamiento educativo argentino, los debates que fragmentan el campo pedagógico local, y pone en diálogo experiencias latinoamericanas concretas. La Agenda 2045 es un horizonte, lo que me interesa es qué hacemos nosotros, acá, con las herramientas y las instituciones que tenemos.
—¿Cómo te definirías a vos mismo en relación a este libro? ¿Sos más el investigador, el militante, el docente?
Bebo de Freire, Giroux, Stenhouse, Fattorello y soy apasionado de las posturas críticas. Me concibo como un cartógrafo y un arquitecto. El cartógrafo intenta dibujar con la mayor lucidez posible el territorio de la crisis educativa: sin romantizarlo ni demonizarlo, con rigor. Y el arquitecto propone planos y principios para construir algo nuevo, junto con otros. No soy un experto distante que dicta soluciones, porque cada escuela es un mundo. Se ha dicho hace semanas que el mundo debería ser un aula, solamente. El mundo debería ser un aula y el aula un mundo. Soy un pensador-practicante que cree que la conversación fundamentada —ese diálogo donde se construye sentido colectivamente— es el antídoto contra la fragmentación y la posverdad. Y que ese mismo principio que propongo para las aulas, lo intento practicar en cómo escribo y en cómo me relaciono con el campo educativo.
—¿Qué querés que se lleven los lectores que vengan a buscarte en la Feria del Libro?
Quiero que se lleven una alarma y una esperanza. La alarma de que esto es urgente: no podemos seguir educando para un mundo que ya no existe. Y la esperanza de que la transformación es posible, que hay docentes, estudiantes y comunidades que ya están construyendo algo diferente. El libro ofrece un diagnóstico riguroso, un marco conceptual —la escuela-red— y herramientas concretas. Pero sobre todo quiero que se lleven ganas de ser parte de ese diálogo colectivo que no puede esperar. Nos encontramos alli pero traigan preguntas.






