
Más allá de los bombardeos y la destrucción de infraestructuras, pese a todo eso, existe un entramado económico que, silenciosamente, amplifica el sufrimiento en Palestina. Mientras las imágenes de los ataques aéreos y la destrucción de viviendas dan la vuelta al mundo, un mecanismo menos visible pero igual de letal opera en la sombra: el control total que el Gobierno de Israel ejerce sobre la economía palestina, utilizado como un arma de guerra más en su política sobre la Franja de Gaza.
Estas prácticas, que abarcan desde la manipulación del sistema monetario hasta la restricción del efectivo y la provocación de una inflación desbocada, no solo potencian el impacto de las acciones militares, sino que imposibilitan cualquier intento de reconstrucción o restauración del daño causado. "Describir estas prácticas es importante, ya que contribuyen de manera significativa en el sufrimiento de las víctimas", señalan los analistas, subrayando que, a diferencia de los ataques, estas dinámicas pasan a menudo desapercibidas para la comunidad internacional.
Un sistema monetario cautivo
Palestina carece de moneda propia desde la firma del Protocolo Económico de París en 1994. Este acuerdo, sellado entre la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y el Gobierno de Israel, establece que en los territorios palestinos solo pueden circular divisas extranjeras, siendo el séquel israelí el principal medio de cambio. La creación de una moneda palestina queda supeditada a negociaciones que nunca se han materializado.
Esta dependencia supone una pérdida de soberanía fundamental. Sin un banco central operativo, Palestina no puede inyectar liquidez en su sistema económico. La cantidad de dinero en circulación depende de la entrada y salida de séqueles desde y hacia Israel, un flujo que los palestinos no controlan. Un ejemplo paradigmático son los "fondos de liquidación", que incluyen los impuestos que Israel recauda en nombre de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y que representan dos tercios de su presupuesto. Con frecuencia, Israel retiene estos fondos como medida de presión, dejando a la ANP sin capacidad para pagar a sus funcionarios y paralizando la inyección de dinero en la economía local. El problema se agrava con el sector bancario. Al operar con moneda extranjera, la banca palestina depende del Banco Central de Israel para realizar conversiones. Desde hace tres décadas, existe un límite de facto a la cantidad de séqueles que el banco israelí está dispuesto a cambiar, impidiendo que la economía palestina pueda desprenderse del uso del séquel.
Además, la guerra ha provocado una alarmante escasez de efectivo. Robos a cajas fuertes bancarias por parte del Ejército israelí y grupos armados palestinos, junto con la fuga de capitales de quienes han logrado salir de Gaza y Cisjordania, han dejado a la población sin medios de pago físicos. En Gaza, donde no hay cajeros automáticos operativos, los ciudadanos dependen de cambistas que cobran comisiones de hasta el 40% para proporcionar billetes a cambio de transferencias bancarias.

Inflación y destrucción: la ecuación del hambre
La situación se torna aún más crítica con la escalada de precios. Según datos del Instituto de Estadísticas Palestino (PCBS), mientras que entre 2017 y 2023 los precios se mantuvieron relativamente estables, desde octubre de 2023 la inflación en Gaza se ha disparado. En febrero de 2025, los precios generales se multiplicaron por ocho en comparación con agosto de 2023. En productos de primera necesidad, como alimentos o vivienda, los costes se han multiplicado hasta por quince. Este fenómeno está directamente ligado a las operaciones militares. Cada gran ofensiva israelí provoca el colapso de las cadenas de suministro, disparando los precios. El cierre de pasos fronterizos, como el de Rafah en mayo de 2024, y el bloqueo total de la ayuda humanitaria entre marzo y junio de 2025, generaron presiones inflacionarias insostenibles, culminando en una hambruna en el territorio. En contraposición, los periodos de tregua y la apertura de corredores humanitarios permitieron una estabilización temporal de los precios, evidenciando la extrema dependencia de la población de los accesos fronterizos.
La destrucción de viviendas por parte del Ejército israelí ha ido de la mano con esta inflación. A medida que aumentaba el número de unidades residenciales demolidas, los precios de la vivienda restante se dispararon, reflejando una correlación directa entre la campaña militar y la crisis habitacional.
Salarios congelados y desempleo masivo
El panorama se completa con la pérdida de poder adquisitivo. Mientras los precios se disparaban, los salarios no han seguido el mismo ritmo. Aunque no hay datos para Gaza en 2024, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que el desempleo alcanzó el 80% en ese año, situándose en el 78% en 2025. A esto se suma la drástica reducción del empleo de palestinos en Israel y los asentamientos, que pasó de 190.000 trabajadores antes de la guerra a solo 26.000 en el tercer trimestre de 2024. Estos empleos, mejor remunerados, servían como un importante colchón económico para numerosas familias. El indicador del nivel de vida refleja la magnitud de la catástrofe. Mientras que en Cisjordania el conflicto ha borrado los avances económicos de los últimos años, devolviendo a la población a los niveles de 2017, en Gaza la situación es apocalíptica. Desde finales de 2023, un gazatí promedio tiene acceso a menos del 10% de los bienes y servicios que podía adquirir a principios de 2017.
Un país soberano, ante una agresión, puede utilizar su política fiscal y monetaria para mitigar el impacto en su población. Palestina, sin embargo, carece de estas herramientas. Su sistema económico, cautivo y controlado por Israel, se ha convertido en un arma que multiplica el daño. Esta estrategia, liderada por el ministro de Finanzas israelí, Bezalel Smotrich, ha sido ampliamente señalada como un mecanismo de presión política que subordina la economía a objetivos de control territorial, agravando deliberadamente la crisis humanitaria. Mientras la atención mundial se centra en otros conflictos, Gaza sigue sumida en una crisis que combina la destrucción física con el estrangulamiento económico.


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