A 50 años del golpe: memoria, verdad y una democracia que sigue en construcción
22/03/2026El 24 de marzo de 1976 marcó uno de los capítulos más oscuros de la historia argentina. Medio siglo después, la fecha no solo convoca al recuerdo, sino también a una reflexión profunda sobre el pasado reciente, sus consecuencias y los desafíos que aún persisten en la vida democrática del país.

El golpe de Estado que derrocó al gobierno constitucional instauró una dictadura cívico-militar caracterizada por la represión sistemática, la censura y la violación masiva de los derechos humanos. Miles de personas fueron secuestradas, torturadas y desaparecidas en un entramado clandestino que dejó heridas abiertas en la sociedad argentina. A 50 años, esas heridas no han desaparecido, pero han sido transformadas en memoria activa y en una lucha constante por la verdad y la justicia.
En primer lugar, no se trató únicamente de un régimen represivo, sino de un proyecto político, económico y social. El golpe del Golpe de Estado en Argentina de 1976 dio inicio a un modelo que buscó reorganizar la economía bajo lineamientos neoliberales. Bajo la conducción del ministro José Alfredo Martínez de Hoz, se promovió la apertura económica, la desindustrialización y el endeudamiento externo, cuyas consecuencias impactaron durante décadas en la estructura productiva del país. Otro aspecto clave fue el rol de distintos actores civiles. Sectores empresariales, judiciales, eclesiásticos y mediáticos tuvieron distintos niveles de participación, apoyo o complicidad. Esto llevó a que muchos especialistas hablen de una dictadura “cívico-militar”, subrayando que no fue un fenómeno exclusivamente de las Fuerzas Armadas. También es importante destacar la coordinación represiva a nivel regional a través del Operación Cóndor, una red de cooperación entre dictaduras sudamericanas que permitió perseguir, secuestrar y eliminar opositores más allá de las fronteras nacionales. Esto evidencia que el terrorismo de Estado tuvo una dimensión internacional.
En el plano social, el impacto fue profundo: se instaló el miedo, se desarticularon organizaciones políticas, sindicales y estudiantiles, y se produjo una ruptura en los lazos comunitarios. La censura afectó la cultura, la educación y los medios, limitando la libertad de expresión y moldeando una sociedad más silenciosa y fragmentada. Un capítulo particularmente doloroso fue el de los niños apropiados. Muchos hijos de desaparecidos fueron secuestrados y entregados a otras familias. La lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo ha permitido restituir la identidad de más de un centenar de personas, aunque aún quedan muchos casos por resolver. La resistencia, aunque silenciada, nunca desapareció. Las Madres de Plaza de Mayo se convirtieron en un símbolo mundial al marchar cada semana reclamando por sus hijos. Su persistencia fue clave para visibilizar lo que ocurría dentro del país cuando aún regía la censura.

Desde el retorno de la democracia en 1983, el país ha recorrido un camino singular en materia de derechos humanos. Los juicios a los responsables de delitos de lesa humanidad, impulsados en distintas etapas, consolidaron un proceso que hoy es reconocido a nivel internacional. Sin embargo, el paso del tiempo plantea nuevos interrogantes: ¿cómo transmitir esta historia a las nuevas generaciones? ¿Cómo evitar que el negacionismo y la indiferencia erosionen lo construido? Las conmemoraciones de este 50° aniversario se desarrollan en un contexto social y político complejo. Las tensiones económicas, la polarización y el desencanto con las instituciones ponen a prueba la solidez del sistema democrático. En este escenario, la memoria no debe ser solo un ejercicio del pasado, sino una herramienta para comprender el presente y proyectar el futuro.

Organismos de derechos humanos, sobrevivientes, familiares y amplios sectores de la sociedad continúan sosteniendo el reclamo de “Nunca Más”. Esa consigna, lejos de ser una consigna estática, exige una actualización permanente frente a nuevas formas de violencia, exclusión y desigualdad.

Finalmente, la dictadura dejó una marca indeleble en la memoria colectiva argentina. No solo por el horror vivido, sino porque impulsó una cultura de derechos humanos que hoy forma parte de la identidad democrática del país. El consenso en torno al “Nunca Más” sigue siendo uno de los pilares más sólidos, aunque siempre sujeto a debates, tensiones y desafíos. Hablar de la dictadura, incluso 50 años después, no es solo mirar hacia atrás: es una forma de entender el presente y de definir qué tipo de sociedad se quiere construir. A cinco décadas del golpe, la democracia argentina demuestra resiliencia, pero también fragilidad. Recordar no es un acto ritual ni una simple efeméride: es un compromiso colectivo. Porque la memoria, cuando es compartida, no solo honra a las víctimas, sino que también fortalece los cimientos de una sociedad más justa, consciente y democrática.

